¡Sigue así no pares, no pares! Murmuraba María mientras se
masturbaba recordando la noche anterior, el había sido duro con ella, en sus
caricias y en sus besos. El agua se paseaba por su piel de quinceañera mientras
no paraba de producirse placer, se acariciaba los senos, el abdomen y las
piernas, -vamos dame mas Marco-, decía.
Las luces giraban en torno a ella mientras habría y cerraba
los ojos, el alcohol adormecía todas sus inquietudes y la hacía bailar
provocativamente. Siempre le había gustado la atención de los hombres los
imaginaba acariciándola, lamiéndole los senos o jugando con su sexo; se
aprovechaba de extraños perdidos y mareados en las discotecas para lograr su
objetivo pero nadie sucumbía y nada se le cumplía asta que llego Marco.
Solo era Marco, porque él no dijo más y a ella no le importo mas de él; sentado en el
fondo del salón ella lo miraba de forma provocativa mientras que él abría y
cerraba las piernas se lamia los labios y bebía la cerveza, María jamás había
sentido tal estremecimiento como aquel sudaba de ansiedad lagrimeaba de deseo
con las piernas temblorosas se le acerco y le dijo: -¿quieres bailar?- no faltó que
responda simplemente la tomo de la mano y la llevo a un rincón del local y
empezaron a bailar. María empezaba a lucir sus cualidades naturales mientras
dejaba que su acompañante se le acercara mas y mas hacia su entrepierna, aquel
roce humedecía más el ambiente y su ropa interior, él la alzó en la oscuridad
de lo desconocido y empezó a penetrarla, la música ahogaba sus gritos de placer
y la poca luz ocultaba el resplandor de su piel; el no paro ni cuando acabo la
canción que competía con su ritmo y la
lamió y la besó con una fuerza brutal que le dejó hinchados los labios. La noche avanzada giraba en torno a sus
caricias y sus besos provocando la circularidad de aquel romance hasta que una
luz fugaz reveló la mirada de Marco, una mirada tierna y luminosa como si por
un instante aquel muchacho habría encontrado
el significado de aquella figura angelical que horas atrás lo habría
estado llamando desde su interior, María también lo vio y sonrió; las luces se
entremezclaban con el sabor de la cerveza, el sudor de ambos y un futuro
prometedor pero ella se marcho en silencio, deambulo por las calles vacías de Coroico
con los ojos inundados de lagrimas y el corazón destrozado: -¿hasta cuando no
podre olvidarte?, ay Leonardo mi amado Leonardo como te extraño- se decía con la entrepierna húmeda y la ilusión perdida,
la niña mujer se fue en dirección al rio donde quiso encontrar su solitaria mañana.
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